Quien duda del amor de Jesús lo entristece.
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(1) No habiendo venido mi siempre amable Jesús y estando muy afligida, mientras rezaba un pensamiento ha volado en mi mente: “¿A ti no te ha venido jamás el pensamiento de que te podrías perder?” Verdaderamente jamás pienso en esto, y he quedado un poco sorprendida, pero el buen Jesús que me vigila en todo, pronto se ha movido en mi interior y me ha dicho:
(2) “Hija mía, estas son verdaderas extrañezas y que afligen mucho a mi amor. Si una hija dice a su padre, no soy tu hija, no me darás parte de tu herencia, no quieres darme el alimento, no quieres tenerme en casa, y se aflige y por ello se lamenta, ¿qué diría el pobre padre? Extrañezas, esta hija está loca y con todo amor le diría: “Entonces dime, si no eres mi hija, ¿de quién eres hija? Vives bajo mi mismo techo, comes en la misma mesa, te visto con las monedas ganadas con mis sudores, si estás enferma te asisto y procuro los medios para curarte, ¿por qué dudas entonces que eres mi hija?”
Con más razón Yo diría a quien duda de mi amor y temiera perderse: “¡Cómo! te doy mis carnes por alimento, vives en todo de lo mío, si estás enferma te curo con los sacramentos, si estás manchada te lavo con mi sangre, puedo decir que estoy casi a tu disposición, ¿y tú dudas? ¿Quieres entristecerme? O dime entonces, ¿amas tú a algún otro? ¿Reconoces a otro ser por padre? ¿Quién dice que no eres mi hija?” Pero si nada de esto hay, ¿por qué quieres afligirte y entristecerme, no bastan las amarguras que me dan los demás, quieres también tú poner penas en mi corazón?”