Taylor Marshall entrevista a Viganò (II)
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El Cardenal Fernández ha declarado que usted ha recibido una excomunión latæ sententiæ por el delito de cisma. ¿Se le aplica la pena canónica? ¿Por qué sí o por qué no?
El 11 de junio me informaron por un simple correo electrónico (sin recibir nunca ninguna notificación oficial) de un juicio contra mí, por el que hubiera tenido que presentarme en Roma el día 20 para retirar las acusaciones contra mí, de modo que pudiera preparar mi defensa para el día 28, víspera de San Pedro y San Pablo. Creo que ni siquiera se le da una semana a alguien que ha recibido una multa por aparcar en un lugar prohibido.
Las acusaciones que se me imputan son totalmente inconsistentes: cisma por haber puesto en duda la legitimidad de Bergoglio y de haber rechazado el Vaticano II. Pero el derecho reconoce la inaplicabilidad de la voluntad de cisma en los casos en que el acusado está persuadido de que quien se sienta en el Trono de Pedro no es Papa y, cuando se demuestra que sus sospechas son infundadas, está dispuesto a someterse a su autoridad. Yo considero a Jorge Mario Bergoglio un antipapa, o mejor dicho, un contra-Papa, un usurpador, un emisario del lobby anticatólico infiltrado en la Iglesia desde hace décadas. La evidencia de su alejamiento del Papado, sus múltiples herejías y la coherencia de su acción de gobierno y de su “magisterio” en clave subversiva son elementos muy graves que no pueden ser descartados apresuradamente como un delito de lesa majestad.
Más allá del método y del mérito de la causa penal extrajudicial, la vacante de la Sede Apostólica y la usurpación del Trono de Pedro por parte de un falso Papa hacen completamente inválidos e ineficaces todos los actos de los Dicasterios Romanos, de modo que incluso la excomunión contra mí es nula.
Estamos frente a un cortocircuito canónico: quien ostenta la suprema autoridad terrenal en la Iglesia, en el momento en que es denunciado por herejía responde acusando de cisma a quien le denuncia y lo excomulga. Este uso instrumental de la justicia -típico de las dictaduras- contradice la mens del Legislador y cae justamente bajo las disposiciones de la bula de Pablo IV: es la adhesión misma a la herejía la que expulsa al hereje de la Iglesia y convierte su autoridad en ilegítima, inválida y nula.
¿Quiénes son los hombres más peligrosos del Vaticano en este momento?
Después de Bergoglio, los más peligrosos son Fernández, Hollerich, Roche, Peña Parra… Estos, junto con el Secretario de Estado, Pietro Parolin, son todos cómplices de la desastrosa gestión del Vaticano y de toda la Iglesia. Recuerdo de pasada que Parolin era miembro del plantel de la Segunda Sección de la Secretaría de Estado, dirigida entonces por el masón Silvestrini, miembro destacado de la mafia de San Galo, a la que debe su ascenso.
¿Cómo deberían comportarse los católicos en caso de prohibición de la Misa antigua?
La Misa Tridentina es un tesoro inestimable para la Santa Iglesia. Está “canonizada” por su uso plurisecular en el que vemos expresada la voz de la Sagrada Tradición. Si la Jerarquía, abusando de su poder en contra del fin que el Señor le ha dado, impide la celebración de la Misa antigua, comete un abuso y esta prohibición es nula.
Los sacerdotes y obispos deberían mostrar más valentía y seguir celebrando el rito antiguo y negándose a celebrar el Novus Ordo. Probablemente se enfrentarían a sanciones por parte del Vaticano, pero deberían preguntarse qué sanciones les esperan cuando tengan que responder ante el tribunal del Señor por no cumplir con su deber, prefiriendo la obediencia servil a los poderosos en lugar de la obediencia a Dios.
Los laicos deberían organizarse en pequeñas comunidades, comprando las iglesias que hoy se ponen a la venta o estableciendo capillas domésticas, y buscando sacerdotes dispuestos a celebrarles la Misa y los Sacramentos según el Rito Apostólico y a ayudarles materialmente en su ministerio.
¿Qué piensa de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro (FSSP), del Instituto de Cristo Rey Sumo Sacerdote (ICRSS) y de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X (FSSPX)? ¿Anima a los fieles a asistir a sus Misas?
Los institutos ex Ecclesia Dei surgieron del deseo del Vaticano de debilitar a la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X después de las Consagraciones Episcopales de 1988, a la que, habiéndosele otorgado la sucesión apostólica, podía continuar su propio apostolado incluso después de la muerte del arzobispo Marcel Lefebvre. La “concesión” de celebrar la Liturgia Tridentina -hasta entonces completamente excluida- tenía y tiene como condición la aceptación del “Magisterio postconciliar” y la licitud del Novus Ordo. Tal premisa es totalmente inaceptable, porque reduce la celebración de la Misa antigua a una cuestión ceremonial, cuando es evidente que el rito tridentino resume en sí toda la doctrina y la espiritualidad de la Fe católica, en antítesis con el rito protestantizado de Pablo VI, que silencia ecuménicamente esa Fe. Los que celebran la Misa de San Pío V no pueden aceptar el Vaticano II. De hecho, desde el principio, muchos sacerdotes que habían abandonado la Fraternidad de monseñor Lefebvre y se habían unido a los institutos Ecclesia Dei seguían teniendo fuertes reservas y, por así decirlo, jugaban con el equívoco de una aceptación tácita que el propio Vaticano no les pedía que explicitaran. En 2007, Benedicto XVI reconoció la legitimidad de la Liturgia tradicional, declarando la Misa antigua “forma extraordinaria” del Rito Romano, junto a la “forma ordinaria” del Novus Ordo. El Motu Proprio Summorum Pontificum revela la impostación hegeliana de Ratzinger, que en la co-presencia de dos formas del mismo rito intentó componer la síntesis entre la tesis de la Misa tradicional y la antítesis del rito montiniano. Pero también en ese caso la base ideológica del Motu Proprio fue de hecho moderada por la práctica, de modo que el resultado final de Summorum Pontificum fue relativamente positivo, al menos en la difusión de la celebración de la Misa antigua que las nuevas generaciones nunca habían conocido. Jóvenes sacerdotes y muchos fieles se acercaron al Rito Apostólico, descubriendo la belleza y la coherencia intrínseca con la Fe católica. Ante el éxito de la Misa de siempre, el Motu Proprio Traditionis Custodes limitó drásticamente la liberalización de Summorum Pontificum, declarando abolido el derecho de todo sacerdote a celebrar la Misa tradicional y reservándolo únicamente a los institutos ex Ecclesia Dei.
Se creó así una “reserva india” de clérigos más o menos conservadores que dependen de Bergoglio, a los que se les exige que hagan profesión de fe conciliar concelebrando el nuevo rito al menos una vez al año: algo a lo que se ven obligados a hacer prácticamente todos los sacerdotes de estos institutos, lo quieran o no. Por otra parte, no me parece que los obispos o cardenales que los apoyan hayan expresado reservas sobre el Concilio o sobre las desviaciones doctrinales, morales y litúrgicas del postconcilio y del propio Bergoglio. Es difícil esperar de los subordinados una combatividad que nunca han mostrado los eminentes prelados.
Estos institutos están, por tanto, sometidos a chantaje. Si con Summorum Pontificum era plausible pensar en un intento de pax liturgica que dejara libertad a los conservadores para elegir el rito que prefirieran (en una visión liberal, por así decirlo), con Traditionis Custodes los clérigos que celebran y los fieles que asisten a la Misa antigua cargan con el estigma eclesial del indietrismo, del rechazo del Vaticano II, del rigidismo preconciliar. En este caso, la sinodalidad y la parresia ceden ante el autoritarismo de Bergoglio, que, sin embargo, dice una verdad incómoda: ese rito cuestiona la eclesiología y la teología del Vaticano II y, como tal, no representa a la Iglesia conciliar. La ilusión de la pax liturgica se ha roto así miserablemente frente a la evidencia de la irreconciliabilidad de dos ritos que se “excomulgan” mutuamente, así como las dos Iglesias -la católica y la sinodal- de las que son expresión cultual.
En el caso del Instituto de Cristo Rey Sumo Sacerdote, la cuestión ritual y ceremonial parece prevalecer sobre la doctrinal, y no es casualidad que en la disolución general los canónigos de Gricigliano parezcan exentos de oposición y ostracismos: no representan un problema, porque no cuestionan en lo más mínimo el nuevo rumbo y de hecho tienen en sus Constituciones amplias citas de documentos conciliares. Los demás institutos sobreviven, pero está por ver cómo responderán a las futuras restricciones.
La Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, después de cincuenta años de actividad, está dando muestras de fatiga y a veces parece que su silencio sobre los horrores de Santa Marta está motivado por un acuerdo tácito de no beligerancia, quizás con la esperanza de convertirse en el recolector del conservadurismo y de parte del tradicionalismo católico, una vez que Bergoglio haya eliminado “la competencia” de los institutos ex Ecclesia Dei. Mi temor es que esta esperanza termine ratificando el cisma de facto ya presente en la Iglesia, obligando a los católicos a abandonar la Iglesia oficial como si fueran ellos, y no la Jerarquía Romana, los que están en estado de cisma. Una vez eliminadas las voces críticas, Bergoglio se encontraría teniendo “su” Iglesia herética, de la que están vetados los sacerdotes y fieles que no acepten la revolución permanente.
En cuanto a los fieles, creo que es necesario comprender la situación de gran desorientación y anarquía presente en la Iglesia. Muchos católicos que han descubierto la Misa antigua ya no pueden asistir al rito montiniano, y es comprensible que se “contenten” -por así decir- con las Misas tridentinas celebradas por los institutos ex-Ecclesia Dei, pero sin aceptar los compromisos que se exigen a sus sacerdotes. Pero ésta es una situación que tarde o temprano deberá aclararse, sobre todo si la aceptación de los errores conciliares y sinodales se convierte en conditio sine qua non del disfrute de la Misa antigua. En ese caso, los fieles deben actuar con coherencia y buscar sacerdotes que no estén comprometidos con la Iglesia sinodal. De todos modos, los horrores de este “pontificado” están erosionando el consenso del clero con respecto a Bergoglio: una facción tradicional podría decidir no seguirle por el camino fracasado que ha emprendido. (sigue parte 3)